El lunes 2 de febrero, Marco Lavagna presentó su renuncia a la conducción del INDEC. Lo hizo ocho días antes de que se publicara el dato de inflación de enero, que iba a ser el primero medido con la nueva canasta actualizada. Un portazo en silencio, pero con mucho ruido detrás.
Lavagna venía trabajando desde 2024 en la actualización del Índice de Precios al Consumidor. La nueva metodología reemplazaba la canasta de 2004 por la de la Encuesta de Gastos de los Hogares de 2017-2018, lo que iba a darle más peso a tarifas, transporte y servicios, y menos a alimentos. El cambio era técnicamente necesario y estaba comprometido con el FMI.
El problema: el Gobierno decidió no aplicarlo. El ministro Caputo fue claro: ‘No queremos que cuando la inflación baje digan que bajó porque cambiaron el índice’. Lavagna no estuvo de acuerdo, y se fue. Lo reemplazó Pedro Lines, hasta entonces número dos del organismo.
El gremio ATE-INDEC salió a pedir un organismo independiente. El INDEC tardó años en recuperar la credibilidad después de la intervención kirchnerista. El portazo de Lavagna la pone otra vez en duda.












