A un mes de la muerte de Alejandro Zalazar, el caso seguía siendo discreto en los medios. No había imputados formales. La causa por el robo de fármacos del Hospital Italiano avanzaba en instrucción.
Lo que sí circulaba, en el ambiente médico y en grupos de WhatsApp, eran versiones sobre fiestas con anestésicos. Audios que describían encuentros privados, ‘viajes controlados’, un círculo cerrado de profesionales. Nada de eso formaba parte todavía del expediente judicial.
En marzo, cuando llegaran los primeros allanamientos, el escándalo saldría a la superficie. En febrero, era un secreto a voces que todavía no tenía nombre.












