El Gobierno logró mantener la estabilidad cambiaria y la desaceleración inflacionaria, aunque la voltereta del consumo y la dolarización del ahorro imponen restricciones a la reactivación.
En un contexto político regional caracterizado por la dificultad de los oficialismos para lograr la reelección, el presidente Javier Milei consiguió sortear el histórico bache del tercer año de mandato —que afectó a gestiones anteriores— y sostener su posicionamiento con miras al escenario electoral de 2027. Las variables clave del programa oficial han sido el control estricto de la emisión monetaria y la estabilidad cambiaria, factores que permitieron consolidar la tendencia a la baja en los índices de inflación y otorgar señales de previsibilidad financiera.
No obstante, la estrategia de contención macroeconómica muestra un contrapeso en la economía real: el consumo interno se mantiene retraído. La preferencia del público por volcar excedentes hacia la cobertura en divisas le resta impulso a la venta de bienes durables y obliga a ajustar a la baja las proyecciones de crecimiento del PBI. Pese a ello, la reciente baja de tasas de interés y la mayor liquidez en el sistema financiero buscan dinamizar el crédito privado como vía de auxilio para el consumo y las pymes.
A nivel político, el Ejecutivo ha procurado retomar la iniciativa mediante anuncios estratégicos sobre la soberanía en Malvinas e incentivos económicos, logrando mantener indicadores favorables en los mercados de bonos. Con perspectivas internacionales positivas para los precios de exportación primarios y de hidrocarburos, el oficialismo confía en sostener el rumbo fiscal, mientras monitorea de cerca la evolución del poder adquisitivo y la demanda interna como factores determinantes para ratificar su gobernabilidad.










