El bolsillo no aguanta y los hábitos de los argentinos cambiaron por necesidad. Un informe confirma que compramos menos unidades y que las marcas alternativas ya representan casi la mitad de lo que nos llevamos a casa.
Ya no es solo una sensación cuando caminás por el pasillo del súper: el consumo en los hogares argentinos metió un freno de mano. Según los últimos datos, el volumen de compras cayó un 4,5% en el último mes, pero lo más curioso es cómo estamos comprando. La fidelidad a las marcas de toda la vida se terminó; hoy la regla es el pragmatismo puro. Los pibes y las familias están saltando de las etiquetas famosas a las «marcas de distribuidor» o marcas B, buscando estirar el sueldo lo máximo posible antes de que llegue el próximo aumento.
Esta tendencia, que los analistas llaman «consumo de supervivencia», hizo que las marcas económicas ganaran un terreno histórico, ocupando espacios que antes eran exclusivos de las multinacionales. Ya no se trata de elegir lo que nos gusta, sino lo que alcanza. El informe destaca que el rubro de limpieza y artículos de cuidado personal son los que más sufrieron el tijeretazo, donde muchos usuarios directamente optaron por dejar de comprar ciertos productos o reemplazarlos por versiones «sueltas» o envases económicos de mayor tamaño.
El panorama para las empresas no es nada alentador si el plan del Gobierno es reactivar la economía a través del consumo. Con una inflación que no da respiro, la estrategia del consumidor argentino pasó a ser el «regateo invisible»: buscar ofertas, comprar solo lo del día y migrar masivamente hacia productos que, aunque tengan menos marketing, cumplen la función básica sin dejarte la cuenta en cero. En este 2026, el estatus de marca quedó en un segundo plano; hoy, el que manda en la góndola es el precio final.









